REVISTA ENSAYOS Nº9

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Ensayos de investigación

“Ella baila sola” por María Florencia González

“Lo imposible y sus posibilidades” por el Esteban Espejo

“La compañerita de mamá” por Patricia Manfredi

“Te doy mis ojos” por Susana Marinetti

“La invención de la historización” por Santiago Avogadro

“Una solución en la adolescencia” por Natalia Antelo

“En busca de un padre” por Rosario Alarcón


Intercambios

(Presentados por orden de exposición en nuestra Jornada “Las escrituras del Trauma”, Junio 2016.)

Juan Mitre: “Las Escrituras del trauma”

Luján Iuale: “Del trauma a la letra en tiempos de la infancia”

Marcelo Barros: “Elegí hablar del trauma del siglo…”

Héctor Zablocki: “Tiempos del trauma”

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Editorial


Por Martín Trigo*

La publicación de este número de la Revista Ensayos se produce más de un año después de haber realizado la Jornada del Espacio de Investigación en Psicoanálisis del Centro 1 que titulamos “Escrituras del Trauma”.

En esta secuencia compartimos una pregunta con el lector que estuvo presente en quienes integramos este dispositivo. ¿Acaso el contexto que nos decidió a poner a trabajar la noción de trauma es el mismo que en oportunidad de realizar la Jornada? Nos respondimos que no solamente es el mismo sino que se ha agudizado.

Sostenía en oportunidad de la apertura de aquella Jornada lo que hoy presento como invitación al recorrido de cada uno de los Ensayos que damos leer.

La noción de trauma, para el Psicoanálisis, se encuentra entre las que privilegiadamente abren al campo del Otro. En tanto el trauma para el sujeto es a la vez estructural y contingente. Es difícil disociar su ubicación sin apelar al Otro, a aquello que participa de la subjetividad más allá de la construcción de la realidad que hace un sujeto. Más allá de las coordenadas con las que produce el fantasma, con las que elabora su realidad psíquica. Al mismo tiempo lo traumático es inherente al sujeto, a cada quien, y se asienta en la base de su estructura.

Recurro entonces a una definición de Lacan que se encuentra en el Seminario de los Nombres del Padre. En ese seminario produce un neologismo: Truematismo. Alude así a lo traumático ligándolo con la verdad. Define al trauma como lo que se produce en el sujeto a partir del encuentro con que la “relación sexual no existe”. Lo refiere al encuentro del sujeto con un agujero en lo Real.

Dice allí que el sujeto apela a un truco para arreglárselas con ese agujero, que inventa un saber para dar cuenta de la no existencia de esa relación. Se trata de la constatación en lo Real de que no hay armonía, de que no hay relación lograda.

Elige ese significante, “relación”, para ubicar que su no existencia es lo que traumatiza. Así es que la noción de trauma implica el campo del Otro. El sujeto precisa contar con el significante y con el otro imaginario para armar aquello que le permite transitar ese encuentro. Es en relación al semejante y al acervo simbólico con el que cuenta que se dan las condiciones para generar ese truco que propone Lacan.

Si recurrimos a Freud encontramos en Más allá del principio del Placer que el niño precisa del juego para trocar en una posición activa lo que vivió pasivamente. En el mismo texto, aquél que padeció un trauma como consecuencia de la guerra acude al sueño para poder elaborarlo. Lo repite, lo reitera procurando su inscripción procurando su escritura. Así como el reiterado juego del Fort-Da remite al intento de inscribir por vía significante una ausencia que al niño le es displacentera, una ausencia que le resulta intolerable.

En Moisés y la Religión Monoteísta, cuando vuelve a referirse al trauma, lo ubica en aquellos restos de los visto y oído que retornan sin posibilidad de tramitación simbólica en el sujeto:

“Los procesos del pensar, y lo que pueda serles análogo en el interior del ello, son en sí inconscientes y se conquistan el acceso a la consciencia mediante un enlace con restos mnémicos de percepciones visuales y auditivas por la vía de la función del lenguaje.

Las impresiones de los traumas tempranos, que fueron nuestro punto de partida, o no son traducidas a lo preconciente o son trasladadas pronto hacia atrás, por la represión al estado ello. Sus restos mnémicos son entonces inconscientes y producen efectos desde el ello”

Es lo que en Lacan comanda la thyche, el encuentro con lo Real que está más allá de la repetición y que al mismo tiempo es su causa. En el mismo trabajo de seminario, Lacan ubica un problema en tanto el trauma es la forma en que lo Real se presenta como inasimilable. Se trata de aquello que intenta ser tapado por la homeostasis significante que orienta el principio del placer. El trauma reaparece en los procesos primarios, en ese más allá del inconsciente en tanto se trata de lo Real. Así afirma que “el trauma no se deja olvidar por nosotros”.

Nos advertimos entonces, que se trata de ese niño ante el campo del lenguaje. Sujetos de ese desamparo en que adviene el viviente ante la inmensidad del lenguaje, se produce el síntoma, se construye la historia, se edifica un mundo que pueda resultar habitable. Intervienen tanto la herramienta imaginaria con la que se cuenta, de la que se pueda echar mano, así como la disposición significante que orienta en el deseo.

A ese desencuentro estructural, que implica la insuficiencia del significante para nombrar lo que irrumpe como goce, se le atribuye un acontecimiento que se vive como traumático. Es desde lo singular que se responde a ese encuentro con lo Real y se sostiene la vigencia de lo que se ubica como trauma. Se abre a la pregunta por lo singular que el acontecimiento elegido intenta tramitar. Un suceso tendrá estatuto traumático según de quien se trate. Suelen presentarse en ellos la muerte y la sexualidad como vértices de lo Real que exigen el campo simbólico del sujeto. Para dar cuenta del evento cifrado es necesaria una respuesta singular ante aquello que llega al cuerpo y requiere tramitación. Dependerá de lo que articule el fantasma lo que resultará elaborable o no.

Ahora bien, cuando el trauma como noción fuga hacia el campo del Otro, incide allí la época. Para que el significante prevalezca sobre el acontecimiento será necesario contar con la castración propia pero también con la castración del Otro. Es decir, con el deseo del Otro que inaugura al sujeto. Por lo tanto no va a ser indiferente lo que provenga de ese campo para lidiar con lo Real, para poder hacer con ese agujero.

El mito de Edipo, propone discernir la estructura lógica en la que el sujeto enhebra su capacidad deseante. Se trata de una lectura del paso por el Otro que le permitió a Freud desentrañar la función de los ideales. Estos no solamente participan en la constitución del superyó, sino que sirven para vehiculizar el deseo, lo que causa. Las identificaciones que se fundan en ese tránsito habilitan la exogamia y es con ese entramado que se va a buscar en el mundo y en la sociedad que se vive la realización del deseo.

Desde allí se arman ficciones, fantasmagorías, trucos que permiten anudar ese Real acontecido a lo imaginario y lo simbólico.

Cuando hablamos de la época, de lo que se trata hoy en el campo social y cultural, nos referimos a los efectos de un discurso.

Hace pocos años atrás, la foto de un militar en la playa con un niño muerto en sus brazos recorrió el mundo. Alan Kurdi convocaba en su imagen y en su historia, a una identificación universal que anidaba en la emotividad de cada quien al hacer pie en esa vulnerabilidad estructural propia del sujeto. Exhibía esa trágica postal las consecuencias de la violencia que el actual sistema simbólico intenta naturalizar. La exclusión del sujeto degradado a un objeto más de circunstancias aleatorias, en tanto no hay instancia que asuma la responsabilidad de su marginación y su muerte. Ahogado, sin más.

Son efectos de un discurso que coloca un amo en el lugar de la verdad. No es el sujeto el que va al lugar de la verdad como en el discurso del inconsciente, sino un amo. En coherencia con el discurso de la ciencia y su producción tecnológica, el discurso imperante parece reconocer la falta, la castración o el deseo inclusive, pero solamente a condición de agotarlo con una respuesta que lo silencie. Prevalecen enunciados e imágenes que lejos de interpelar al sujeto, lo forcluye desconociendo su división.

Es ese desconocimiento que retorna en distintas formas de violencia, donde pierde valor la existencia misma de los cuerpos en que la subjetividad se soporta.

No es sin consecuencias lo que se sostenga como discurso dominante y a lo que ello empuja. En la Institución Pública realizamos una práctica que recibe esos efectos de primera mano.

Recordamos hoy la crisis que vivió Argentina en el año 2001, donde un amplio segmento de la ciudadanía perdió su proyecto, su trabajo. La sala de espera de nuestro Centro de Salud se colmaba de gente buscando con quien tramitar esa pérdida. Una pérdida que arrastraba consigo el campo significante, el campo identificatorio con el que se arma ese truco que nos menciona Lacan.

¿Cómo pensar nuestro hacer en aquellos tiempos de devastación del entramado social donde se presentaba el padecimiento en su cara traumática?

Recurrir una vez más a Lacan, esta vez desde su escrito Posición del Inconsciente, nos permite revalidar la posibilidad que da el significante de alcanzar en un segundo tiempo, en el aprés coup, un efecto de sentido. De acuerdo a este efecto producido a posteriori, el trauma se implica en el síntoma. Lo actual, lo acuciante, cede paso a lo simbólico y reubica al sujeto en su historia, en su devenir, de tal modo de restablecer su habilidad para incidir en el contexto, reconstruyendo su realidad. Se modifica la ubicación del sujeto a partir de lo que el síntoma interroga. No se trata entonces de lo que el lenguaje hace con él sino de lo que él hace con el lenguaje. En ese trabajo se da chance a que alguna escritura se produzca permitiendo trazar un borde a esa aparición de lo Real. Si bien la práctica del psicoanálisis avanza a un más allá del fantasma, lo hace produciendo una escritura que bordea ese agujero para que no se presente como abismo, como vacío sin respuesta. Lo litoraliza, permite cernirlo a partir de la letra.

La escritura se hace posible al oponer el discurso del Inconsciente a ese discurso que coloca en el lugar de la verdad a un amo. En su práctica, la clínica de despliega en el discurso que coloca la división subjetiva en el lugar de la verdad. Es esa la responsabilidad del analista. Tanto en la conducción de los tratamientos así como en aquellos lugares donde su práctica tiene incidencia.

Buenos Aires, Noviembre de 2017.

(*) Psicoanalista. Miembro de la EFBA. Psicólogo de planta, Director de la Revista Ensayos y del Espacio de Investigación CSMN°1 “Dr. Hugo Rosarios”.

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