El tío Satí, por Paula Brecciaroli

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Paula Brecciaroli
Escritora y Psicoanalista.

El tío Satí

-¿A quién venís a buscar, mierda? -dijo apuntando con el mate hacia la ventana.
Yo pensé que veía a alguien en el patio. Algún pariente muerto de los muchos que tenía.
-¿Quién es? -pregunté dejando el lápiz sobre el cuaderno.
-El pájaro -respondió dándole una chupada al mate. Le puso agua y me lo pasó. Estiró la cabeza hacia la ventana.
-Ahí está de nuevo. ¿Lo escuchás?
Ahora yo también lo escuchaba.
-¿A quién te venís a llevar? -gritó hacia el patio.
El limonero sacudió las ramas sacándose el sol del mediodía de encima.
La abuela se dio vuelta y me miró a la cara.
-Siempre avisa -dijo pasándose la punta del cuchillo para limpiarse debajo de las uñas-. Vos fíjate cuando lo escuches cantar, y vas a ver que alguien se murió.
Se acercó a la ventana. La pava hervía y de un manotazo, le voló la tapa.

No tardamos mucho en descubrir quién era el muerto. En realidad desde que cantó el pájaro hasta que la abuela terminó de preparar el almuerzo. Yo dejé la tarea a la mitad porque me mandó a comprar huevos. En el camino me fije si veía al pájaro. Por las dudas, había llevado la gomera.

El tío Satí estaba duro en su cama. La abuela lo encontró así cuando lo llamó a comer.
-¿Justo hoy tenías que morirte? -dijo.
Lo dijo por decir algo, porque era un día cualquiera. Ahora era el día que se había muerto el tío.
Después se quedó mirándome fijo.
-Te salvaste de hacer la tarea. Vamos a comer que se enfría. Se enfría -repitió.

Esperamos a mamá sentados en la vereda.
-Murió el gordo –se adelantó la abuela cuando la vio venir.
Mamá tardó en decidir si enojarse porque no le habíamos avisado o largarse a llorar. Empezó por llorar. La abuela hizo un gesto con las manos que parecía querer decir muchas cosas.

El tío Satí era gordo. No sólo era el más gordo de la familia, también el más gordo del pueblo y, aunque su tamaño era evidente, todos necesitaban aclarar su gordura. En la escuela me conocían como el sobrino del tanque Satí o el mamut Satí. La abuela tenía una foto del tío de cuando era bebé. La gordura le venía desde siempre.

Cuando lo vimos al mediodía tenía la boca abierta. La lengua estaba blanca. La abuela le cerró los ojos y también le dijo algo al oído. Morite tranquilo, me pareció que le decía.

Después me dijo a mí que se iba a rajar un pedo. Que los muertos siempre se rajan para asustar a la gente. Cuando salimos el tío soltó un ruido que sonó cómo cuando se corre un mueble pesado.
-Viste -dijo ella.

-Yo me voy a ocupar -dijo mamá.
Hablaba por teléfono llorando, con los codos apoyados en la mesa de la cocina. Con la abuela nos quedamos parados atrás de ella.
-Vamos a hacer mate -dijo la abuela.- Van a venir los bomberos.

La cama de Satí la hicieron con fierros. La madera no va a soportar el cuerpo, había dicho el carpintero. La abuela le respondió: trabaje con un herrero. El gordo no puede seguir durmiendo con el colchón en el piso.
Cuando Satí ya no quiso salir más a la calle la abuela le gritaba culo pesado.
-No me puedo mover -decía él desde la pieza.
-La vagancia le hace el gusto al diablo –le decía resoplando.

En la época que salía a la calle, yo era el único que lo acompañaba. Caminábamos tan despacio que se me enredaban las piernas. El tío se movía para un lado y otro como el péndulo que usaba un doctor que salía en la tele para adivinar el futuro.  Lo peor era cruzar las vías.  La abuela decía que se quede de este lado. Pero para ir al bar teníamos de cruzarlas.
-Anda a hacer tus cosas -decía el tío cuando llegábamos.
Se quedaba afuera esperando que el dueño del bar le juntara dos sillas en una mesa y viniera a abrirle la puerta doble. Yo me iba por ahí viendo perros, jugando con alguno en la plaza. Cuando bajaba el sol volvía a buscarlo.
La abuela nunca nos creía que habíamos estado caminando. Entonces le olía las manos a Satí. Los dedos eran finos en comparación con su mano.
-Dejeme -decía él, pero no podía escaparse.
-Huele a naipe y a cebo -decía ella.

Los bomberos golpearon las manos en el portón.
-¿Quién vendrá a joder? -dijo la abuela.
-Venimos a buscar al gordo –respondió el bombero que era el papá de Chicho Bermúdez. Chicho vino también.
-En el colegio todos saben por qué faltaste – me dijo y entró. Pero el padre le puso una mano en el pecho y le dijo usted se queda acá.
-¿Cómo se ve? -preguntó Chicho.
Horrible respondí. Lamenté no haberlo mirado mejor.
Chicho quiso saber más. Entonces le conté lo del pedo. Se rio.
-Imagínate un pedo de muerto -dijo.

Aguirre y Palacios también entraron a casa. Los bomberos acá no tenía uniforme cómo en las películas. Usaban una camisa azul y pantalones de jean. Lo único que tenían de bomberos era un escudito. La abuela había encontrado uno tirado frente a la casa de una puta.

-Los gusanos van a tener para comer un año entero –dijo Chicho.
Palacios y Aguirre tironeban de la sabana de la cama pero el cuerpo del tío ni se movía.

Una vecina le dijo a mamá que no iban a poder sacarlo. Y pensé que si hacían un agujero en el piso de la pieza podían enterrarlo ahí. Pero no se lo dije a nadie.
-¿Qué mierda vamos a hacer con este? -dijo Palacios.
-No podemos cortarlo en pedazos –contestó Aguirre y los tres bomberos se miraron.

Mis compañeros de escuela lo conocían. Yo los invitaba a verlo comer.
Mientras masticaba, tarareaba algo que solo interrumpía para tragar.
Después se iba metiendo pedazos de comida con la mano porque le costaba
usar los cubiertos. En su boca podían entrar varios pedazos de carne, dos papas, un huevo entero.
Cuando la abuela se iba a la cocina, mis compañeros le arrimaban sus platos para ver qué pasaba. El tío se metía en la boca todo lo que le acercábamos.
Una vez le dimos un melón entero. Lo mordía mientras el jugo le empapaba la camisa. La cáscara también la comió.

Los vecinos que se habían juntado en la puerta tuvieron que entrar a ayudar.
Junto con los bomberos, empujaron el cuerpo del tío sobre una pila de frazadas. Al caer hizo un ruido hueco.
-Van a romper el piso –dijo la abuela desde la cocina.
Lo taparon con la sábana y lo arrastraron tironeando de las frazadas.
-Tendríamos que haber roto la pared –dijo Bermúdez, pasando del otro lado de la puerta. La panza del tío se atascaba en el marco. El vecino del lado tenía la remera mojada de transpiración. Apretaron la panza para pasarlo por la puerta, mientras otros tiraban desde afuera.
-No vamos a poder subirlo a la chata -dijo Aguirre.

Los bomberos habían atado una lona al paragolpes de la chata. Avanzaban muy despacio. El cuerpo parecía una montaña blanca avanzando por el medio de la calle. La sábana se levantó y mamá se acercó rápido para tapar la mano que había quedado descubierta. Los seguía una procesión de vecinos. Chicho iba atrás juntando cascotes. Yo me quedé en la puerta de casa con la abuela.

-Te va a gustar dormir en esta cama grande –me dijo la abuela señalando el colchón hundido.
Después se puso a revolver el ropero buscando la ropa que iban a ponerle al tío en el cajón.
Afuera el sol de la tarde se iba diluyendo. Algunos pájaros todavía cantaban.
La abuela se quedó escuchando y dijo traeme la gomera.

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