Cuerpo e Identidad, por Liliana Rossi

cuerpo-e-identidad
Liliana Rossi
Psicoanalista.
Coordinadora del equipo de Adultos Mañana del CSM N°1.
Coordinadora del Dispositivo de Presentación de Pacientes del CSM N°1.
Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana
Miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis

Dos términos que no se ubican dentro de los conceptos fundamentales del psicoanálisis.

Por qué abordarlos, entonces, y además juntos. Es lo que trataré de dar cuenta en este desarrollo.

Si bien desde su comienzo el psicoanálisis tomó en cuenta al cuerpo desde esos bordes que constituyen las zonas erógenas, y desde la conquista jubilosa de la imagen, hoy la consideración del cuerpo e incluso del cuerpo como propiedad, toma una renovada relevancia en la doctrina psicoanalítica.

Esto se hace evidente desde el campo jurídico, crecientemente confrontado a considerar el derecho a intervenir sobre esa propiedad, sea cuando reivindica el derecho a la libre lección de género por sobre los atributos anatómicos, sea interviniéndolo mediante la interrupción de una gestación indeseada, o reclamando el derecho a la muerte digna, o transformándose en donante viviente de órganos, o a heredarlos luego de la muerte, etc, etc.

Lo cual habla del cuerpo como propiedad. No obstante, no es ese el argumento del psicoanálisis respecto a lo que implica tener un cuerpo.

Recordemos algunas puntuaciones sobre la construcción del cuerpo en el ser hablante.

Afirmamos que no se nace siendo sujeto, que hay un proceso de subjetivación y que el sujeto que interesa a la práctica del psicoanálisis, es un efecto que adviene en el intervalo entre significantes.

Pero tampoco se nace teniendo un cuerpo. Al principio hay organismo, cuerpo fragmentado en múltiples sensaciones sin unidad. En todo caso, se llega a tener un cuerpo, como resultado de un proceso de construcción. Proceso que depende, por un lado, del cuerpo del lenguaje, somos hablados. Lo imaginario viene a engancharse a ese organismo vivo, resultando el logro de una imagen, una Gestalt visual aprehendida a partir de la unidad de su forma en el espejo. Aquí también, la palabra del Otro es esencial, en tanto nombra y hace identificar al niño con la forma que ve.

Por otro lado, están las zonas erógenas, como orificios del cuerpo haciendo enlace con el exterior, con las consecuentes experiencias de goce que allí se fijan.

Con el modelo óptico, Lacan trataba de dar cuenta del logro o no de ese Uno unificante, de la adecuación entre la imagen del cuerpo, plana, sin agujeros, y esos agujeros corporales de donde provienen las experiencias de goce del cuerpo vivo, bajo las especies de los distintos objetos a.

En aquel juego de espejos, era la buena ubicación del Otro la que propiciaría que, a partir de dos imágenes separadas, el jarrón y los objetos-flores, se produzca la ilusión óptica de una imagen unificada. Ese logro tiene un carácter ilusorio que cubre lo que en principio son piezas sueltas.

La imagen unificada es trabajada por el significante cobrando valor fálico, pero en las experiencias de separación, toman el peso de lo real y emerge la angustia de fragmentación.

Cuando hablamos de consistencia imaginaria del cuerpo, es importante acotar que si Lacan se interesó por la etología observando que las palomas requieren de la imagen del semejante para desarrollar sus órganos sexuales, es para resaltar que el imaginario no sólo da forma, sino que la imagen tiene también un poder real. Existe, entonces, una potencia real de lo imaginario. Aunque en el ser hablante, la potencia de la captación imaginaria se distingue porque a partir del anudamiento con lo simbólico del lenguaje, la fascinación por la imagen funciona más por lo que esconde que por lo que evidencia.

Todo lo cual indica que hacerse un cuerpo, lograr tener uno, está lejos de venir de fábrica; es una construcción que requiere de un anudamiento de los registros imaginario, simbólico y real.

Anudamiento que puede sufrir complicaciones en cualquiera de los enlaces, por lo que la conquista de la imagen unificada y el sentido de mismidad que luego vendría a añadírsele, nunca logra una consistencia total y definitiva.

Pasemos ahora al término Identidad:

Su etimología proviene del latín “identitas”- ídem- lo idéntico, lo mismo. Igualdad y mismidad que deslizan hacia lo Uno, lo único, lo propio.

Freud utiliza el término Identidad para situar el anhelo, propio del humano, de encontrar la primera y mítica experiencia de satisfacción con la cosa, cuyo encuentro, en tanto perdida, solo puede ser alucinado, identidad de percepción. El aplazamiento por los rodeos del pensamiento cortocircuitan el camino alucinatorio, estableciendo la diferencia entre la satisfacción esperada y la encontrada.

Encontramos así en Freud, un uso del término identidad que pone en juego la igualdad y la diferencia.

Pero el psicoanálisis se ha apartado del concepto de identidad definido por la psicología, promoviendo en su lugar el de identificación. Lacan traduce los tres tipos de identificación ubicadas por Freud, como identificación amorosa al padre (S1); identificación histérica (S) e identificación al rasgo unario (Sq).

Tratándose del juego de las identificaciones, el ser hablante experimenta alguna forma de la falta en ser, cuando no intenta cerrarla creyéndose un yo bajo la forma del carácter.

Fue necesario hacer el distingo entre el yo y el sujeto del inconsciente. Pero resulta problemático ubicar la conquista de esa idea de “sí mismo”, tanto reduciéndola a ese yo, -nacido como ajeno en la alienación propia del narcisismo especular, necesitado del aval del Otro-, como reduciéndola al sujeto,- alienado al significante , emergiendo en las pulsaciones del inconsciente, tan variable como sus efectos de verdad.

Difícil pensar allí ningún principio de identidad. Del lado del imaginario narcisista, el yo como una unidad engañosa, del lado del sujeto, la verdad mentirosa como límite de lo simbólico, que miente respecto de lo real.

Pero la idea de sí mismo como cuerpo es muy poderosa en el ser parlante.

El sentimiento de mismidad va ligado a la raíz corporal. La relación primaria del parlêtre no es el amor al Otro sino amor al propio cuerpo, adora su cuerpo sin tener idea sobre su organismo, cuyo funcionamiento es fuente de enigmas.

Esa relación de adoración al cuerpo propio no viene de lo simbólico. Dice Lacan: es “raíz de lo imaginario”. Es su única consistencia, consistencia mental, la sentí-mentalidad propia del parlêtre1. Se trata de la producción de una idea, que puede asegurarse o desvanecerse.

El amor propio es algo más que el júbilo por conquista de la forma esfera, propia del narcisismo especular y se postula como “otro narcisismo”, pues no se trata solo de imagen sino de creencia. Está la forma y la creencia que enlaza el parlêtre al cuerpo propio, que permite creerse amo de su ser y erguirse como propietario, porque respecto a este Un-Cuerpo no hay identificación sino propiedad.

“LOM tiene un cuerpo”, dice Lacan en la Conferencia Joyce el Sínthoma 2, ubicando una atribución previa que es una propiedad, que ocurre por el impacto de un decir y que sería anterior al estadio del espejo donde entra en juego la mirada como el punto desde donde se es visto.

Al decir de Miller, el cuerpo primero es presentación, superficie de inscripción del trauma de la lengua, cuerpo agujero, vacío del cual no tenemos idea. Luego viene a vestirlo una imagen, que es representación. El punto es si a esa imagen se la cree.

Es en torno a ese cuerpo que se forja esa idea de sí mismo que Lacan designa como Ego, dándole ahora a éste término un alcance diferente del que revestía en el seminario I y II, cuando revisaba la concepción freudiana del Yo y cuestionaba las indicaciones técnicas de la Ego- Psicology.

En el seminario XXIII reintroduce el Ego, diciendo que ha estado haciendo algunas reflexiones
sobre este término, que, recordemos, en inglés se traduce como “yo” y éste como “ich” en alemán. Pero este Ego ya no parece sinónimo exacto del yo, no es la imagen del cuerpo, es lo que sostiene al cuerpo como imagen, como tal, es un fenómeno de creencia que puede faltar. Y la clínica muestra que cuando no se tiene apoyo en lo imaginario, hay efectos sobre lo simbólico y lo real.

Es el caso del joven Joyce, quien en la escena de la paliza propinada por sus pares, deja caer el cuerpo “como una bolsa”, dando cuenta que la imagen no se sostenía narcisísticamente. Lacan conjetura que hubo una falla a nivel del padre del nombre, el padre en su función de nombrante, y que por un error en el anudamiento entre real y simbólico, el imaginario habría quedado libre.

Sin embargo, hay una reparación y es efectuada precisamente por un Ego corrector, un Ego que
funciona sin el soporte narcisista del yo-cuerpo, pero que sostiene un “sí mismo” a través de la escritura y de hacerse un nombre como escritor, reestableciendo el anudamiento, aunque no de manera borronea.

En este tiempo, junto al desarrollo sobre el sinthome, Lacan desliza otro término curioso, escabel, que Miller 3 define como el pedestal “sobre lo cual se alza el parlêtre, se sube para hacerse guapo. Es su pedestal, que le permite elevarse, él mismo, a la dignidad de la cosa”. En el entrecruzamiento con el narcisismo, podríamos adjuntarle una función sublimatoria, en tanto elevándose sobre él, Joyce eleva su sinthome, que como real de goce singular no empatiza, a la obra que da lugar a un lazo social con universitarios destinado a perdurar en el tiempo.

Si bien es a propósito de Joyce que Lacan postula el sinthome, éste es definido en relación a la respuesta singular ante el traumatismo de lalengua y los efectos de goce consecuentes. Esa respuesta puede ser incómoda, ciertamente, y es lo que se busca modificar en un análisis, que no promete la cura, es decir la reducción radical del sinthome, sino acercar al parlêtre, a la identificación a su sínthoma.

Con ella Lacan apunta a otro estatuto de la identificación, que implica reconocerse, una vez desenganchado de los laberintos de la verdad mentirosa- en relación a lo inmodificable de su modo singular de goce.

Para concluir, cito a Miller en El ultimísimo Lacan4: “…el psicoanálisis se podría definir como el acceso a la identidad sinthomal (…) acceder a la consistencia absolutamente singular del sinthome”. …“Le doy aquí al identificarse con su síntoma el valor de reconocer su identidads inthomal”5 …No significa…que se llegaría simplemente a identificarse con su síntoma, sino que se es su sinthome”.


1 Lacan J., Seminario XXIII, El sinthome, Cap. IV, pg. 64. “El parlêtre adora su cuerpo porque cree que lo tiene.
En realidad no lo tiene, pero su cuerpo es su única consistencia –consistencia mental por supuesto, porque su cuerpo a cada rato levanta campamento”. Paidós ed., Buenos Aires, 1º edición, 2006.
2 Lacan J., “Joyce el síntoma”, Otros escritos, Paidós ed., Buenos Aires, 1º edición, marzo 2012, pg. 592.
3 Miller, Jaques-Alain: Presentacion del tema del X Congreso de la AMP, París, 2014.
4 Miller, Jaques-Alain: Miller, J-A: El ultimísimo Lacan. Ed. Paidós. p.140
5 Ibid: Ibis, pagina 132


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