Cuerpos Poseídos, por Daniel Millas

cuerpos-poseidos
Dr. Daniel Millas
Doctor en Psicología Clínica. Analista Miembro (AME) de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis
Docente del Instituto Clínico de Buenos Aires (ICdeBA)
Docente de la Facultad de Psicología de la UBA
Docente de la Maestría en Clínica Psicoanalítica de la Universidad Nacional de San Martín (ICdeBA-UNSAM)
Coordinador del Hospital de Día Matutino del Servicio de Psicopatología del Hospital “Dr. Teodoro Alvarez”

Voy a comenzar por valerme del equívoco que introduce este título, poniendo en consideración sus dos acepciones posibles. Por una parte el cuerpo invadido, dominado por algo o alguien. Por otra, el hecho de poseer, de tener el cuerpo y vivirlo como propio.
Articular estas dos dimensiones relativas a la posesión del cuerpo es un modo de abordar la cuestión de qué quiere decir “tener un cuerpo” cuando nos encontramos en el campo del psicoanálisis. Para eso voy a partir de la afirmación de que la operación analítica tiene como mira la relación existente entre el decir y el cuerpo, es decir, aquello que en la clínica psicoanalítica denominamos pulsiones. Esta relación la instituyó Freud a partir de considerar al síntoma como un modo sustitutivo de satisfacción pulsional.
El concepto de pulsión tal como lo entiende Freud supone tomar en cuenta una exigencia constante de satisfacción implicada en determinadas zonas del cuerpo, que debemos diferenciar de cualquier necesidad de orden biológico.
Si Freud emplea el análisis gramatical para dar cuenta de los avatares libidinales del sujeto es porque lo que está en juego nada tiene que ver con la noción de instinto. El circuito pulsional encuentra en el cuerpo el comienzo y el final de su recorrido en búsqueda de satisfacción. Por esta razón pensar el síntoma como un modo de satisfacción pulsional sustitutiva implica una referencia al cuerpo ineliminable.
Se trata entonces de un cuerpo exiliado de la naturaleza. Recordemos que el descubrimiento freudiano se funda a partir del cuerpo histérico, del rechazo del cuerpo a obedecer a un saber natural.
Lacan por su parte define a las pulsiones como el eco en el cuerpo de que hay un decir1. Definición que se torna solidaria con la idea de pensar al síntoma como un acontecimiento del cuerpo. El síntoma está articulado como un lenguaje, pero lleva a pensar al cuerpo como un lugar de inscripción de acontecimientos discursivos que dejan huellas y que de diversas maneras lo afectan y lo perturban. Encontramos entonces una relación de implicación contundente: no hay síntoma sin cuerpo.
Estas primeras consideraciones nos llevan a constatar que se trata para nosotros del cuerpo poseído por las pulsiones. La cuestión crucial será cómo apropiarse de un cuerpo así constituido.

Ser y cuerpo

La idea del cuerpo identificado al ser, vivido como Uno, puede parecer una evidencia pero en realidad solo tiene su validez en el registro animal. Es sólo allí donde el individuo es también el ser vivo.
Cuando en cambio se trata del sujeto, el Uno en cuestión no proviene del cuerpo. El Uno del que se trata viene del significante y el sujeto, en tanto sujeto del significante, no logra una identificación plena y armoniosa con su cuerpo. Existe siempre una tensión, una divergencia entre el sujeto y su cuerpo. Por esta razón adquiere tanta importancia la dimensión de la imagen, que es correlativa a la imposibilidad de una subjetivación plena del cuerpo vivo.
La idea de un sí mismo como cuerpo-imagen la encontramos todos lo días en lo que constituye el narcisismo post-moderno. Una elevación del cuerpo a la categoría del ser que tiene como correlato una ardua tarea de construcción de la personalidad a partir del cuerpo propio, desplegada a través de las dietas, la moda, la gimnasia, las cirugías, etc.
Esta construcción tiene como objetivo lograr un principio de equivalencia: “Tú eres tu cuerpo”. Equivalencia destinada sin duda a sufrir avatares y a encontrar sus propios impasses.
En el otro extremo podemos ubicar casos en los que existe en cambio una clara percepción del registro de una discordancia radical entre el ser y el cuerpo que se habita. ¿Qué mejor para ilustrarlo que aquellos sujetos conocidos con el nombre de transexuales?
Con la certeza de ser una mujer prisionera en un cuerpo de hombre, denuncian dolorosamente esta falla entre el ser y el cuerpo a la que nos venimos refiriendo.
Las formas puras de transexualismo, es decir, aquellas que operan como una suplencia efectiva al desencadenamiento de síntomas psicóticos, se organizan alrededor de una demanda precisa. La misma va a dirigirse al Otro jurídico y al saber médico encarnado en el endocrinólogo y el cirujano, para rectificar el grave error que la naturaleza ha cometido.
Como lo indica Lacan, la forclusión del Nombre del Padre los lleva a confundir el órgano con el significante fálico. Su posición subjetiva les hace creer que librándose del órgano a través de la cirugía, resuelven la cuestión de su identidad.
El psicoanálisis se interesa por las diversas formas en que se manifiesta la falla estructural que existe entre el ser y el cuerpo. Falla que indica la imposibilidad de considerarlo como nuestro ser mismo y que nos lleva en cambio a determinarlo como un atributo. Aquello que nos permite decir: “Yo tengo un cuerpo”.

Atribución y cuerpo

La atribución es una operación significante que encontramos desarrollada por Lacan en su escrito sobre las psicosis 2 cuando se refiere a la alucinación acústico-verbal. Señala allí que toda cadena significante trae aparejada una atribución subjetiva, es decir que le asigna un lugar al sujeto. En la medida que habla el sujeto asume como propios sus dichos, cambia de posición respecto de lo que dice, por ejemplo al negarlo, consentirlo, afirmarlo, etc. En el fenómeno alucinatorio se produce una ruptura de la cadena significante y el sujeto no puede asumir su palabra como propia. El ejemplo que brinda Lacan es el de la conocida alucinación “marrana”. La paciente reconoce como propia la expresión “vengo del fiambrero”, pero rechaza en lo real el término “marrana” cuya atribución va a recaer en el vecino.
Lacan busca demostrar que el sujeto es constituido y no constituyente de la cadena significante, es decir que la estructura del lenguaje determina que toda palabra se forme en el Otro. Esto significa que existe primero una posición de receptor fundada en la estructura. La perturbación psicótica consiste en el hecho de experimentarla. Se diferencia del sujeto neurótico que puede llegar a creerse dueño de su propia palabra.
Veinte años después, en el seminario “El Sinthome”3, al referirse a las palabras impuestas que afectan a un paciente entrevistado por él en una Presentación de Enfermos, Lacan afirma:
“Cómo no sentimos que las palabras de las que dependemos no son de alguna manera impuestas, que la palabra es un enchapado, un parásito, la forma de cáncer de la que el ser humano sufre”.
Siguiendo esta lógica se vuelve pertinente la idea de que el psicótico es normal, ya que vive la cruda experiencia de estar poseído por el lenguaje.
Es posible constatar la misma lógica cuando se trata del cuerpo. Consideremos para esto la siguiente afirmación de Lacan en “Radiofonía”:
“Vuelvo en primer lugar al cuerpo de lo simbólico que de ningún modo hay que entender como metáfora. La prueba es que nada sino él aísla el cuerpo tomado en sentido ingenuo.
Es decir, aquél cuyo ser que en él se sostiene no sabe que es el lenguaje el que se lo discierne, hasta el punto de que no se constituiría si no pudiera hablar. El primer cuerpo hace que el segundo ahí se incorpore.”
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Vemos que aquí Lacan llama cuerpo simbólico al lenguaje, en la medida de considerarlo como un sistema ordenado por relaciones y leyes internas de funcionamiento. Es entonces el lenguaje el que otorga el cuerpo al sujeto como un atributo, es aquello que le permite asumir la posición desde donde puede decirse “Yo tengo un cuerpo”. De manera que una alteración en la relación del sujeto con el lenguaje tendrá como correlato posible un trastorno en la asunción del cuerpo como propio. Nuevamente es en la psicosis donde verificamos de qué manera la extrañeza del significante se acompaña de la extrañeza respecto del propio cuerpo. A eso se refiere Lacan en su escrito “L’Etourdit”, cuando señala que el sujeto esquizofrénico se encuentra en la posición de tener que arreglárselas con sus órganos sin contar con el auxilio de un discurso establecido.5
Podemos afirmar entonces que el cuerpo al igual que el significante, nos resulta en principio extraño y ajeno. Es por la función operatoria del Nombre del Padre que el sujeto neurótico puede establecer un anudamiento entre el significante, el significado y el goce del cuerpo. Es decir, anudar lo simbólico, lo imaginario y lo real, restableciéndose así de un estado originario en el que lo normal como ya dijimos es la xenopatía y la fragmentación del cuerpo.
En este sentido, resultan muy interesantes las afirmaciones de Gaetan De Clerambault, el brillante psiquiatra que escribe en 1920:
“Las cenestopatías ofrecen cierto paralelismo con el automatismo mental. Con un trastorno cenestésico idéntico, uno se vuelve hipocondríaco, otro hará un delirio de posesión interna sin persecución, un tercero un delirio de posesión interna con persecución…El automatismo mental, donde se producen frases y pensamientos vividos como impuestos, produce el sentimiento de influencia externa, que da lugar a la emergencia de un delirio de posesión. Un daño en la representación del Yo Físico”.6
Es interesante encontrar en la descripción fenoménica, aquello que Lacan va a sistematizar a partir de la estructura del lenguaje.
Si bien es en la psicosis donde se experimenta descarnadamente esta vivencia intrusiva, podemos encontrar diversas concepciones acerca del cuerpo poseído. Las hallamos en los mitos, en las religiones, en la literatura y por supuesto en el campo de la clínica.

Poseídos

Son por todos conocidas las versiones vinculadas a la posesión demoníaca que atraviesa la historia de las religiones, especialmente la católica. Se trata de la creencia en Satán, espíritu maligno que dispone del poder de entrar en el cuerpo de una persona y poseerlo. Existe una literatura inmensa sobre el tema, así como también acerca de aquello que permitiría una solución: el exorcismo del demonio por el poder de Dios, a través de un intermediario.
El poseído pierde el dominio de su cuerpo, de su pensamiento, es habitado por sensaciones extrañas y puede llegar a tener capacidades extraordinarias. El ejemplo más interesante para nosotros es la de hablar lenguas desconocidas, capacidad también atribuida a las almas próximas a Dios, como forma de unión carismática.
Michel Foucault, refiere que los médicos del siglo XVI, lejos de rechazar la idea del demonio, intentaban explicar en términos médicos cómo se producía la entrada del diablo en el cuerpo y de qué manera afectaba los órganos y la voluntad del poseso.7 Es decir, que no consideraban la posesión como una enfermedad mental, sino como un hecho efectivo que podría ser explicado médicamente.
Me resultó sorprendente encontrar bajo el nombre de “Síndrome de Posesión” una descripción muy actual realizada por el psiquiatra español José Antonio Fortea Cucurull.
Lo denomina también “Síndrome Demonopático de Disociación de la Personalidad”. Este autor describe casos con delirios de posesión demoníaca que no corresponden a cuadros de epilepsia, ni histeria, ni esquizofrenia. Se caracterizan por tener trastornos del humor, pérdida de la conciencia, amnesia y emergencia de una segunda personalidad con rasgos malignos. Asimismo el autor señala que son refractarios a cualquier terapia farmacológica.
Si bien considera que son casos excepcionales, deja en suspenso la creencia en la existencia efectiva del demonio.

Un goce esplendoroso

Más allá de la estructura clínica en juego, lo interesante es determinar las versiones que intentan dar cuenta de la experiencia de ajenidad del cuerpo y de las posibles respuestas que encuentra cada sujeto para apropiarse del mismo. Dicho en otros términos, del artificio a través del cual es posible llegar a un arreglo entre el sentido y el goce del propio cuerpo.
Recuerdo el caso de un paciente que tuve la oportunidad de escuchar en una Presentación de Enfermos. El desencadenamiento se había producido a los 21 años, en ocasión de ser llamado a cumplir con el servicio militar. Comenzó a padecer un insomnio que durante meses no le permitía descansar. Luego surgieron una serie de ideas delirantes, tanto persecutorias como religiosas, que culminaron en un episodio de excitación maníaca por el que debió ser internado. Después de muchos años, a lo largo de los cuales atravesó internaciones y tratamienos psicoterapéuticos y psicofármacológicos, encontró una estabilización duradera. Fue a partir de la invención y la puesta en práctica de un simple dispositivo, que como un ritual ineludible lleva a cabo cada noche. El sujeto conserva algunas convicciones religiosas y la idea de tener una conexión especial con Dios. Por esta razón siempre lee la Biblia antes de irse a dormir. Explica que se trata de una lectura ordenada ya que cada versículo cuenta con un número limitado de palabras, pero cada una de ellas nos señala, se abre a una cantidad enorme de sentidos posibles. Cuando se encuentra haciendo esta experiencia de apertura a una suerte de polisemia infinita, algo se produce que viene a detenerla. Se trata de lo que llama “un goce esplendoroso” localizado en el pecho, signo inequívoco de la presencia de Dios en su cuerpo. Esto le produce una satisfacción específica, luego de la cuál todo se aquieta y se duerme apaciblemente.
Se trata de un goce que no le resulta enigmático y que no requiere de una elaboración de sentido, ya que cuenta con el asentimiento del sujeto.
Por esta vía, nos muestra el recurso que ha inventado para arreglárselas con lo real que irrumpió en el momento del desencadenamiento y que durante tantos años perturbó su vida.
Nos enseña cómo ha logrado conciliarse con ese cuerpo poseído por un goce devastador, cómo ha logrado soportarlo, y por decirlo así, volver a poseerlo.


1 J.Lacan “El Seminario, Libro 23, El Sinthome”, Paidós, Buenos Aires, 2006.
2 Lacan, J.: “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de las psicosis”, en: Escritos 2, Siglo XXI, Buenos Aires, 1987, pág. 515.
3 J. Lacan, op.cit.
4 Idem “Radiofonía & Televisión” Edit., Anagrama, Barcelona, 1977, pag. 18.
5 Idem. “L’Etourdit” en “Escansión N°1, Edit. Paidós, Bs.As.
6 Gaetán De Clerambault “Automatismo mental y escisión del Yo” en “Automatismo Mental-Paranoia” Edit. Polemos, Bs. As. 1995.
7 Michel Foucault “Las Desviaciones religiosas y el saber médico” en “La vida de los hombres infames” Edit. Altamira, La Plata, Argentina.


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