El amor en Babel, por Esteban Espejo

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Esteban Espejo.
Psicoanalista. Equipo Adultos mañana
Programa de Investigación en Psicoanálisis de Consultorios Externos.

Es conocido el mito de Babel: cuando los hombres intentaron construir una torre inmensa que llegara al cielo y así poder competir con Dios, él diseminó una multiplicidad de lenguas para sembrar la confusión. La torre que daba la ilusión de la unidad quedó inconclusa por el equívoco general de las lenguas. Podríamos imaginar que el amor en Babel tuvo el mismo destino que su lenguaje y había en aquella ciudad mítica tantas formas de ejercer el amor y hablar de él como variables en la lengua.

Todos hablan de amor, en la calle, el consultorio, en las canciones, en los bares, en las reuniones. ¿Puede el psicoanálisis decir algo acabado sobre el amor, sentar una posición teórica? El amor, al igual que el goce, es una noción problemática porque en sí misma no tienen un valor preciso sobre el lugar en la cura, siempre dependerá de la relación con el deseo. Me interesa marcar las dificultades que me encuentro como analista en formación y como estudiante de psicoanálisis para demarcar los diversos campos del amor y la relación con otros conceptos.

Que se hable tanto del amor no significa que se ame. Quizás a veces hablamos del amor por la dificultad para hacerlo. De hecho, Lacan afirma: “Si hay un terreno en el discurso en que el engaño tiene probabilidades de triunfo, su modelo es el del amor.”1 Ahí tenemos una primera aproximación: las palabras sobre el amor pocas veces coinciden con el acto. La obsesión por definir el amor hace de resistencia a las fuerzas que lo gobiernan. Debemos preguntarnos quién es el amor, no qué es. Desde Nietzsche, los filósofos se preguntan con más insistencia por el quién y el cómo de las cosas, más que por el qué. Deleuze lo define así:

      La pregunta “¿Quién?”, según Nietzsche, significa esto: considerada una cosa, ¿cuáles son las fuerzas que se apoderan de ella, cuál es la voluntad que la posee? ¿Quién se expresa, se manifiesta, y al mismo tiempo se oculta en ella? La pregunta ¿Quién? es la única que nos conduce a la esencia.

Porque la esencia es solamente el sentido y el valor de la cosa

      ; la esencia viene determinada por las fuerzas en afinidad con la cosa y por lavoluntad en afinidad con las fuerzas. (…) “…La esencia, el ser es una realidad perspectiva y supone una pluralidad. En el fondo, siempre es la pregunta: ¿Qué es lo que es

para mí

    ? (para nosotros, para todo lo que vive, etc.)”[cita de Nietzsche]. 2

Esto implica interrogar las fuerzas, lugares y posiciones subjetivas que intervienen en el amor. Esta orientación que sirve para los amantes puede servir para pensar al amor desde el psicoanálisis: rehuir las definiciones seguras para preguntarnos en cada caso, ante cada analizante: ¿cómo ama?, ¿a quién?, ¿cuál es el goce que causa ese amor?, ¿cómo está operando el ideal?

Parece que nuestra época puede prescindir de todo, pero el amor sigue insistiendo, sigue pulsando: “El amor pide amor. Lo pide sin cesar. Lo pide… aun. Aun es el nombre propio de esa falla de donde en el Otro parte la demanda de amor”.3 El amor que debe fragmentarse en nuestra época para sobrevivir; la multiplicidad no implica estar al servicio del hedonismo o de la poligamia, sino de los movimientos inagotables del eros. El amor se produce en la multiplicidad porque el sujeto en una relación amorosa atraviesa diferentes posiciones: idealización, elección narcisista, ser o tener el falo del Otro, síntomas, angustia, deseo, satisfacción pulsional. Por eso no podemos pensar una definición del amor para un determinado sujeto, sino qué forma de amor está en juego en determinado momento y su articulación con la política del análisis: el deseo. De aquí pensaremos qué dirección de la cura tomar. Todos nos preguntamos por el amor porque erramos en el discurso y el deseo del Otro: ¿qué me quiere el Otro?, ¿de qué manera?, ¿qué objetos míos busca y cuáles rechaza? Por más que el amor sea narcisista, siempre remite a Otro en tanto ideal o para articular su demanda, o para hallar su satisfacción.

Para delimitar un poco la confusión de Babel, empezamos por la noción más difundida del amor. Lacan dice: “Todo amor sólo se ubica (…) en el campo del narcisismo. Amar es, esencialmente, querer ser amado”4. En “Introducción al narcisismo” Freud postula dos formas de amor: la narcisista (según lo que uno mismo es o fue, según lo que uno querría ser y según la persona que fue una parte del sí-mismo propio) y la anaclítica, que es la vía edípica-fálica (según el ideal de la mujer nutricia para la posición masculina o el hombre protector para la posición femenina)5. Lacan dauna interpretación donde ambas formas de amor serían narcisistas: “Amor e identificación son equivalentes en cierto registro, y que narcisismo y sobre-estimación del objeto (…) son exactamente lo mismo en el amor”.6 Podríamos objetarle a Lacan que en la vía edípica de la elección de objeto hay un encuentro con la castración porque el sujeto está en falta frente al ser quien ama, mientras que en la vía narcisista el interés del sujeto pasa por ser el objeto amado, es decir, el falo. Y querer ser el falo que completa al Otro está en las antípodas de la castración. Por otra parte, cualquier elección de amor lleva implícita la esperanza de ser Uno con el Otro y, en este sentido, siempre será narcisista. Lacan afirma en el Seminario 20: “El amor es impotente (…) porque ignora que no es más que el deseo de ser Uno, lo cual nos conduce a la imposibilidad de establecer la relación de (…) dos sexos.”7 Lacan afirmará que “Lo que suple la relación sexual es precisamente el amor”.8

El amor a uno mismo, el amor narcisista es uno de los máximos obstáculos para el deseo, pero difícilmente podamos pensar en actos de amor ligados al deseo donde no intervenga de ningún modo el narcisismo (justamente, para Freud el narcisismo es un estado “normal” de la libido, no neurótico). Hacer referencia al deseo nos conduce directamente al Otro, nos saca del círculo del uno-mismo. En “Introducción al narcisismo” Freud planteaba que una parte de la libido no pasaba a los objetos y permanecía en el yo. Esta es la dimensión real del amor: la libido que toma como objeto al cuerpo propio; si a esta vertiente real de la libido se le agrega la identificación se constituye el Yo. En la esquizofrenia, por ejemplo, falta de deseo y fragilidad del Yo van de la mano. Por eso, la constitución del Yo parece necesaria para toda relación de deseo: en términos freudianos, no podría haber pasaje de la libido a otros objetos si no hubiera una libido que permaneciera en el Yo, así como no podríamos idealizar y de idealizar esos objetos si previamente no nos hubiéramos identificado con algún ideal. Se podría pensar la libido y el ideal freudiano desde la noción de fantasma en Lacan, donde hay un objeto de goce y una escena simbólica donde éste puede satisfacerse. Para Lacan el fantasma sostiene nuestro deseo, pero vemos en la clínica que los fantasmas casi siempre son un obstáculo para el deseo. Algo similar podríamos decir del amor: su constitución narcisista lo mantiene vivo, pero si no hay pasajes por objetos del mundo exterior que implican una confrontación con el ideal y la estabilidad del Yo, la libido que sostiene al amor se atrofiará.

Una pregunta que nos hacen en muchos momentos los analizantes es: ¿me conviene o no tal relación amorosa? Ante esto, debemos diferenciar el amor de todos los síntomas que ligan a un sujeto con su partenaire sexual. Esta cuestión clínica es fundamental porque muchas veces los pacientes hablar del amor para referirse a sus condiciones de deseo y de goce, o a sus síntomas. El amor a veces está en función de un síntoma. Freud dice: “Un fuerte egoísmo preserva de enfermar, pero al final uno tiene que empezar a amar para no caer enfermo, y por fuerza enfermará si a consecuencia de una frustración no puede amar”.9 Es fundamental leer la posición freudiana sobre el amor como un problema económico. La dirección de la cura para Freud era que la asociación libre levantase la represión para dejar una energía disponible para amar y trabajar, no en un sentido moral e ideológico, sino económico. Pensar esta orientación freudiana desde una perspectiva imaginaria vuelve su planteo inofensivo y oxidado para pensar la clínica. El problema del amor sigue siendo económico: ¿cómo orientar el goce hacia el amor? El amor no es sólo narcisista, también es lo que permite al sujeto una relación con el deseo del Otro y una vía para la satisfacción pulsional.

El amor, para Freud y Lacan, parece sobredeterminado. Es decir, un efecto de fijaciones libidinales, construcciones fantasmáticas y ansias de satisfacción narcisistas.

Muchos son los vasallajes del amor, por eso la cuestión es cómo articularlo en una dirección de la cura y no resignarse a su faz resistencial. El acto amoroso se aproxima al deseo. Sólo en este sentido es una irrupción, un conjuro entre los 3 registros que así como irrumpe se diluye. No permanece en ninguna definición porque cuando estamos terminando la frase donde creíamos capturarlo quizás ya no está. El amor puede nacer como una satisfacción narcisista pero siempre terminando revelando una falta; Lacan dice: “Cuando, en el amor, pido una mirada, es algo intrínsecamente insatisfactorio, y siempre falla porque –Nunca me miras desde donde yo te veo. A la inversa, lo que miro nunca es lo que quiero ver.”10

En el Seminario 8, Lacan nos deja el guiño donde acontece el amor. El banquete de Platón es el relato de una celebración donde se reunieron algunos hombres para discutir lo que era el amor a través de varios discursos. Los personajes nos dan diferentes versiones sobre su consistencia, pero el amor no estaba en los discursos solemnes, sino en un arrebato. Alcibíades interrumpe la reunión, entre hipos y eructos de alcohol, con una declaración amorosa para Sócrates, donde elogia su belleza al mismo tiempo que indica la atracción irresistible que ejerce sobre él. Lacan afirma que “El elogio del otro sustituye, no al elogio del amor, sino al amor mismo”11. El amor acontece en ese eructo con el que Alcibíades interrumpe esos vacuos discursos del amor, en esa embriaguez partida por ese objeto que falta. En el amor transcurre la “Verdad del vino”, como llama Lacan a la aparición de Alcibíades; hay impudor, escándalo. No sólo es ridículo por las pasiones que arrastra, sino por esa Verdad subjetiva imposible de conmover. El amor exige un acto, por más obstáculos que le impongan nuestros fantasmas y nuestros síntomas. Nunca será un acto puro, porque no hay pureza en donde podamos determinar nuestro deseo, siempre errático. Sin embargo, es necesario ese acto. Después pasa, como todo, y los amantes vuelven a sentirse un poco extraños, un poco solos y hasta defraudados.

Cualquier tendencia a la armonía queda saqueada por el amor maldito. Maldito,
mal-dicho, queda el amor; un acto entre el equívoco simbólico y el ridículo imaginario.
Por suerte, también tiene la potencia para disfrazar el goce: la famosa libido de objeto que se enlaza a Otro y luego se suelta, conjugando ideal, deseo y goce hasta un vértigo insospechado.


1 Lacan, J: El Seminario, Libro 11, p. 139.
2 Deleuze, G.: Nietzsche y la filosofía. Madrid: Editora Nacional; 2002; p. 101-102.
3 Lacan, J: (1975) El Seminario, Libro 20: Aun, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 12.
4 Lacan, J: El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Bs. As.: Paidós, 2007; p. 261.
5 Freud, S.: Obras completas Tomo XIV. Bs. As.: Amorrortu, 2000, pág. 87.
6 Lacan, J: El Seminario, Libro 11, p. 263.
7 Lacan, J: (1975) El Seminario, Libro 20: Aun, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 14.
8 Lacan, 0J: (1975) El Seminario, Libro 20: Aun, Bs. As. Ed. Paidós, 2007; p. 59.
9 Freud, S.: Obras completas Tomo XIV. Bs. As.: Amorrortu, 2000, pág. 82.
10 Lacan, J: El Seminario, Libro 11, p. 109.
11 Lacan, J.: (2003) El Seminario, Libro 8: La transferencia, Bs. As. Ed. Paidós, 2008; p. 178.


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