“Del trauma a la letra en tiempos de infancia”

Por Luján Iuale (*)

Trabajo presentado en la jornada “Las escrituras del trauma”, 1 de Junio de 2016. Espacio de investigación en psicoanálisis. Centro de Salud Mental Nº1 “Dr. Hugo Rosarios”. CABA.

Trauma y escritura

Quiero agradecer en primer lugar la invitación a participar de este panel y resaltar la importancia del título de estas jornadas. Por un lado, el título retoma el carácter fundante que tuvo para el psicoanálisis la noción de trauma; y por otro lado destaca la idea de plantear en plural las “escrituras” del mismo.

En este sentido considero que el título nos conduce a pensar las relaciones entre escritura y trauma, introduciendo la posibilidad de establecer una diferencia entre el trauma y su escritura. Podríamos partir de un supuesto: no sería el mismo tiempo el del trauma y el de la escritura del trauma. Considero que esta distinción se vuelve crucial para pensar muchas problemáticas de infancia, tanto si tomamos en cuenta la dimensión constitutiva de lo traumático para el ser hablante, como si tomamos la vertiente de los traumas contingentes o si se quiere, de las contingencias del trauma.

Por otro lado, en una época que empuja a abolir la subjetividad o a reducirla a aquello que puede ser incorporado en los parámetros de la ciencia, una época que lee a la infancia desde un catálogo de trastornos que ha cobrado forma de epidemia, recuperar la noción de trauma se vuelve crucial para una ética que pretende no omitir algo esencial de la condición humana: el padecimiento subjetivo en su diversidad clínica. ¿De qué sufre un niño o la familia que consulta? No es una pregunta carente de valor. Por el contrario podemos sentir todas sus improntas si la contrastamos con otra que se presenta bajo el modo de una aserción diferente ¿Qué tiene este niño? En la primera no es difícil poder vislumbrar en el horizonte aquello que no se ha podido tramitar y que retorna, generando sufrimiento. En la segunda, lo que aparece en el horizonte es la enfermedad, el déficit y lo que hay que regular para que los cuerpos se adapten, tengan tales habilidades, se comporten. En la primera no se descuenta a los padres, no para culpabilizarlos, ya que sabemos que eso sólo enquista goces, sino para no desconocer que el cachorro humano no deviene sujeto sin el Otro. Sin esos otros cuerpos que en presencia, bajo las formas primeras de la voz y la mirada, le hacen borde y sostén al cuerpo de niño. Por eso el Lacan de 1975, se vuelve más llano cuando define por ejemplo al inconsciente como el modo en que cada uno está impregnado por el lenguaje. Y propone que de lo que se trata es de pesquisar como a cada quien se le ha instilado un modo de hablar, destacando el valor que tiene el modo en que fue acogido un niño en el deseo de los padres. Ese modo de hablar que se instila viene del otro de los primeros cuidados y puede dar lugar a todo tipo de malentendidos entre lo dicho y lo escuchado. Es en y por el encuentro de cuerpos y, es por el encuentro entre cuerpos y palabras que acontecen todos los derroteros, las conquistas, las batallas, los tropiezos y las oportunidades.

¿Qué nos dejó Freud respecto del trauma?

Freud partió del trauma como representación patógena, la cual al ser investida produciría displacer. Estas representaciones inconciliables se constituyen en tales por dos motivos: el contenido sexual de las mismas; y la investidura que reciben bajo la forma de monto de afecto. Freud piensa un aparato psíquico regido por el principio de Constancia que intenta mantener baja la suma de excitación, mediante el desplazamiento del afecto. Por tanto el trauma estará ligado para Freud desde los inicios al factor cuantitativo: ya en 1887-88, en lo que se conoce como Prólogo y notas de la traducción de J. M. Charcot definirá al Trauma como “un aumento de excitación”(1) que el aparato (aquí todavía sistema nervioso) no es capaz de tramitar suficientemente. Sabemos que el niño está amenazado por esos aumentos de excitación, y sabemos también la importancia crucial que tiene la presencia de un otro que lea y signifique aquello que le acontece al cuerpo.

1920 inscribe para Freud la caída del principio de placer e instaura a la pulsión de muerte en el centro de la escena. El Trauma será retomado como un aumento de excitación que rompe la barrera antiestímulo; y enlaza a los sueños de las neurosis traumáticas con los sueños que los pacientes traen a los análisis: nada queda en ellos de la realización de deseos, sino que éstos obedecen a la compulsión de repetición, en tanto “nos devuelven el recuerdo de los traumas psíquicos de la infancia” (2). El retorno bajo la forma de la compulsión de repetición da cuenta del intento fallido de ligar el quantum pulsional, y deja en evidencia un monto de energía que invade al aparato y que no se tramitará por la vía asociativa, permaneciendo como algo disruptivo: quantum no ligado. Eso no ligado Freud lo ubica en relación a lo infantil. En la compulsión de repetición pareciera activarse una marca que no es susceptible de transcripción. Un antecedente de esta formulación se encuentra en 1918 en el historial del Hombre de los lobos (3), donde a propósito del sueño Freud circunscribe una serie donde enlazará la temporalidad del trauma (en la temprana infancia) a la castración en tanto visión de algo terrorífico, que se instaurará como versión gozosa del padre. Ese sueño no permite recordar el trauma sino que activa (este es el término empleado por Freud) el “caos de huellas de impresiones inconscientes” relacionados con la escena primaria. Estas impresiones obedecen a la atemporalidad propia del inconsciente y operan como si fuesen una “vivencia reciente”. Hay allí algo del orden de la actualización del Trauma que no viene por la vía de la rememoración.

Produce una diferenciación entre huella mnémica (susceptible de ser recordada) y las huellas de impresiones, cuyo retorno comienza a perfilarse en torno a lo no ligado: caos de huellas de otro orden igado. Eso no lión, y sabemos también la importacia crucial que tiene que en 1926 (4), tomarán la forma en que se inscriben los “acontecimientos impresionantes”, los cuales cobran valor de trauma por producirse a edades tempranas. Ya en la carta 52 Freud ubicaba el polo perceptivo como lugar donde no había huella posible porque percepción y memoria se excluyen. Luego ubicaba a los signos de percepción los cuales ya eran vestigios de lo percibido pero no eran aún huellas mnémicas, y lo que los caracterizaba era la simultaneidad. Para Freud el inconsciente propiamente dicho es el de las H Mn y es allí donde operarían las leyes del proceso primario. Ahora bien, cabría preguntarse el estatuto de los signos de percepción, ya que Freud dirá que algunos tienen luego transcripción y otros no.

En este sentido, me interesa situar con precisión un giro interesante que Freud le va a dar al Trauma a partir de 1939, tanto en “Moises y la religión monoteísta” como en “Esquema de psicoanálisis”. En ambos textos va a continuar sosteniendo el factor temporal en la determinación del trauma como tal, y dirá que no se trata de la necesariedad de la existencia de una vivencia terrible, sino que lo traumático estará dado por la respuesta que el sujeto da a la emergencia de ese quantum. Él hablará de reacciones extraordinarias y anormales ante requerimientos que alcanzan a todos los individuos. Y agrega: “Los traumas son vivencias en el cuerpo propio o bien percepciones sensoriales, las más de las veces de lo visto y lo oído, vale decir vivencias e impresiones” (5). Es a partir de esa marca de goce, que el cuerpo se humaniza en tanto puede volverse ajeno. Se universaliza la función del trauma. Freud mismo en “Esquema de psicoanálisis” dice que “no hay ningún individuo humano al que le sean ahorradas tales vivencias traumáticas…” (6) haciendo referencia a las exigencias pulsionales y a los estímulos exteriores.

Del trauma de lalengua a las contingencias traumáticas

Con Lacan tendremos una reformulación del trauma, sobre todo si tomamos en consideración la última parte de su enseñanza. Es el viraje introducido en el Seminario 19, a partir del equívoco que nace en una de sus charlas en Sainte Ann. Lapsus de su parte al equivocar el diccionario de psicoanálisis con el de filosofía, el Lallande; y lo que uno de sus oyentes escucha y le devuelve: lalengua, escrito todo junto. Lacan acuña a partir de ese momento ese neologismo para nombrar a la lengua materna y se referirá a ella jugando con la equivocidad que ella porta, desde el diccionario del cual partió el equívoco, a los primeros balbuceos del niño, laleos que son inaugurales y que anteceden a la posibilidad de hacerse sujeto de discurso. En las Conferencias de Estados Unidos dirá que siempre sufrimos una lengua entre otras, y que eso es lo que hace traumatismo.

Si tuviésemos que escribirlo lógicamente podríamos formularlo de la siguiente manera:

formula iualeNo existe un humano que no quede afectado por el trauma de lalengua.

Entiendo aquí como afectación del trauma, a aquellas primeras trazas que inauguran el encuentro del viviente con lalengua, signos de percepción de lo visto y lo oído. Freudianamente podríamos decir que se trata de huellas de impresiones que introducen la desregulación de lo natural, porque instauran una forma de goce en el cuerpo, que es lógicamente anterior a la behajung. Eso no conlleva necesariamente a que el sujeto se constituya en tanto que sujeto del inconsciente, pero nos fuerza a pensar respuestas subjetivas al Trauma que se diferencien de la neurosis.

En este sentido, no es posible para el campo de lo humano, sustraerse a la afectación del trauma de lalengua, el cual deja trazas. Pero las respuestas en un segundo tiempo pueden ser radicalmente diversas: desentenderse respecto de la misma (ni afirma, ni niega), que esa traza devenga significante pero no letra, significante que se congela y se petrifica; o borrarla y en esa borradura misma, alienarse dando lugar por un lado a la extracción del S1 y a su inscripción, dejando un resto fuera de cuerpo. Cada una de estas posibilidades, implican una relación diferente al trauma y por ende, a los intentos del aparato de tramitarlo. Esto no es sin consecuencias para el cuerpo, en términos de intrusión de goce de lalengua y de modos de tramitar ese real intrusivo.

Por otro lado es preciso discernir el trauma de lalengua como trauma primero, de las contingencias traumáticas, donde también se pondrá en juego la posibilidad o no de escritura del trauma. En tiempos de infancia incluso hay traumas que ni siquiera son del niño, sino de la historia parental, y que han quedado sin tramitación, retornando en el cuerpo del niño, como estigmas del Otro.

Por otro lado, Lacan establecerá cada vez con mayor precisión la diferencia entre significante y letra. Mientras el significante es del orden de lo escuchado, la letra es de otra calaña, y constituye el orden de lo escrito. Lacan dirá que el significante es primero, y que la letra siempre es segunda. Pero que es preciso que se instituya esa escritura, para poder acceder a algo de lo que fue escuchado. En Lituraterra, se preguntará ¿cómo es posible que el significante se precipite en letra?, dando lugar a que no todo puede escribirse.

Tomaré a continuación un caso para pensar las contingencias traumáticas, y la posibilidad de subjetivación en el marco mismo de la cura.

Del cuerpo enfermo a la subjetivación

Quiero compartir con ustedes un tramo del encuentro con una niña, que ya lleva 4 años de tratamiento.

Ana llega a consulta con un diagnóstico de epilepsia atípica, luego de haber pasado por una infinidad de diagnósticos posibles (uno de ellos era que padecía un síndrome llamado de Landau-Kleffner, que luego se descartó). Las convulsiones se habían iniciado aproximadamente al año y medio y se producían por la noche. Los padres resaltarán que desde bebé lloraba mucho, le costaba dormir y les llamaba la atención la demora en la adquisición de lenguaje. Es impactante escuchar el derrotero de estos padres en pos de encontrar un tratamiento eficaz; porque “no respondía a la medicación”. Pasaron por varios neurólogos, y por muchos esquemas de medicación, señalando que es probable que el cambio de presentación de lo que hubiese podido ser una epilepsia benigna de la infancia, derivó en un cuadro más complejo por los efectos adversos producidos por un fármaco en particular (Valcote). Durante esos años, los padres habían preguntado a los médicos tratantes, sobre la pertinencia de abrir un espacio psicológico, recibiendo como respuesta que el problema de su hija era orgánico. El “no responde a la medicación” se refería a que en el electroencefalograma seguían apareciendo descargas que no lograban ser dominadas. Esto le había hecho ganarse el mote de “bicho raro”, porque no respondía nunca de un modo esperable.

En aquel entonces, su lenguaje se reducía a una ecolalia donde no aparecía nada de lo propio. Se nombraba en tercera persona y el cuerpo se presentaba desregulado. Arrojaba objetos, tenía episodios de ira, se sacaba la ropa y podía ingerir cualquier líquido que estuviese a su alcance. Los padres se la pasaban cerrando puertas para evitar toda una serie de riesgos. Aún se despertaba varias veces a la noche, situación que los tenía verdaderamente exhaustos.

Dado que el tipo de descargas que presentaba producía alteraciones en el habla y en la conducta, era muy difícil para los padres discernir algo en la niña que escapara a esa etiología. Durante todo el primer tiempo del tratamiento fue preciso distinguir los berrinches, frecuentes en Ana, de aquellas situaciones en las cuales podía tratarse de una descarga. “Tuvo una crisis” era la frase repetida, caballito de batalla, significante congelado que no permitía otros juegos de escritura. Empiezo a advertir que, en verdad, Ana hacia cosas de una niña de dos años, y decido significar de este modo parte de su presentación. Tal lectura dirigida tanto a la niña como a los padres tuvo consecuencias: cuando el berrinche fue leído como un modo de afirmarse comienza a regular el cuerpo. Sugiero a los padres además, que hagan algo que para ellos no sería sencillo: que retiren la mirada en determinados momentos disruptivos. De desparramar y tirar pasa a armar escenas de juego: primero comienza apilando objetos diversos en una bandeja, delimitando un primer borde. Luego pondrá a dormir a los muñecos en el diván, al tiempo que voy nombrando aquello que, por las noches, pasa en su cuerpo. Ana introducirá al médico y al hospital. Con un relato cargado de dislalias, dará testimonio de lo que acontece por las noches: el miedo. Empieza un proceso de asunción del yo y de despliegue de lenguaje. Cuando hablaba en tercera persona, yo formulaba la pregunta:

– ¿Quién quiere la muñeca?

-Ana

-¿Quién es Ana?

-Yo.

El diván luego será una montaña rusa, por donde se deslizarán los muñecos. Las mejorías son notorias.

En ese período Ana comienza a interesarse por el grafismo, pasa del desborde de plasticola a tachones de descarga. Para luego comenzar a trazar figuras amorfas a las cuales les asignará significación. Actualmente dibuja preferentemente animales, los cuales están mucho más logrados que la figura humana, la cual aún le cuesta realizar.

Tras el último cambio de neurólogo, este había reducido la medicación a un único fármaco (Ospolot) y luego de dos años de tratamiento y aunque había aun descargas, el neurólogo decide empezar a retirárselo. Dice que el electroencefalograma sigue dando patológico pero que Ana está mejor.

Las letras se vuelven signos a ser leídos: del garabato a la letra

Ana está cursando su escolaridad en una escuela especial y el año pasado empezó a reconocer algunas letras. Intentaba entonces escribir su nombre, y estaba muy interesada por la lecto- escritura. Comenzó con una demanda imperiosa: quería que le lean. En las sesiones, era un libro tras otro, al principio, indiscriminados. Señalo que vamos a leer algunos y le dejo a ella la elección. Paulatinamente empieza a aparecer una selección que le es propia. El primer libro que empieza a pedir con más frecuencia es “Miedo”, de Graciela Cabal. Cuento que empieza emulando “Había una vez un chico que tenía miedo, mucho miedo tenía ese chico. Miedo a la oscuridad porque en la oscuridad crecen los monstruos. Miedo a los ruidos fuertes porque te hacen agujeros en las orejas. Miedo a las personas altas porque te aprietan para date besos. Miedo a las personas bajitas porque te empujan para arrancarte los juguetes. Mucho miedo tenía ese chico”. El cuento propone una serie de recetas que no funcionan: el jarabe del doctor, los retos del papá, las burlas del tío. Hasta que finalmente el encuentro azaroso con un perro le cambia la vida. Un perro que tenía mucha hambre y se come los monstruos que crecen en la oscuridad, los ruidos fuertes, los empujones, los retos, las burlas. Y así, concluye que el chico que tenía miedo ya no tiene más miedo, tiene perro. Ana destacará la figura de los monstruos que asustan en la oscuridad, allí se detiene, los señala, y sonríe cuando el perro se los devora.

El segundo que elegirá repetidamente es “Emily en el país de la mufa”, el cual trata de una niña que se pone berrinchuda, le grita a los padres, y se encierra en la habitación. Cuento que la pintaba de cuerpo entero. Aunque ahora ha tomado un poco de distancia porque dice enojada “¡Me quiero portar bien!” La risa aparece cada vez que Emily saca la lengua, o habla d mal modo. Pero el cuento ofrece una salida. Cuando Emilie se encuentra con un niño que llora de tristeza quiere ayudarlo a salir del país de la mufa, y ayudando a otro, ella misma logra salir.

Por último, el tercero se llama Con locura, y con pocas frases, juega con el equívoco. La historia es entre un gato y un pez. Aquí lo interesante es que Ana pesca la equivocidad y la doble intención, porque el gato le dice “Yo te quiero ¿y tú a mí?” a medida que se va acercando cada vez más. Se observa la desconfianza y el temor del pez. Finalmente se hacen amigos porque el gato lo arroja al mar. Este libro, en imprenta mayúscula, le permite con un mínimo soporte reconocer sílabas y algunas palabras. En una de las sesiones nos sorprendemos juntas cuando logra reconocer no ya letras aisladas sino algunas sílabas, y Ana dice emocionada: “Estoy leendo”.

A partir de ese momento, cuando suena el timbre no contestan ni los padres, ni la acompañante terapéutica, sino que se oye clarito como el agua a una niña que dice, al otro lado, en la otra orilla: “soy yo, Ana”.

Este año ya ha empezado a escribir, logrando ese salto crucial que implica poder enlazar letras y estableces escansiones. Se la nota feliz ante cada logro.

El neurólogo le dirá a los padres que en sus años de trabajo nunca vio un caso que, habiendo estado tan complicado, haya tenido esa evolución. La rareza se resignifica: pasaje del “bicho raro” a una niña que se ha subjetivado.

Considero que esto fue posible por la posición de los padres, quienes pudieron suponer que allí había alguien a quien dirigirse; por el criterio riguroso del ultimo neurólogo quien más allá de lo que no se ajustaba en el electro apostó a lo que la clínica le devolvía; y al trabajo compartido entre colegas (sobre todo con la fonoaudióloga y el equipo escolar) en pos de no olvidar que se trataba de una niña y por ende, de un sujeto por venir.

La contingencia traumática en este caso, signó el cuerpo y el lazo al otro de un modo peculiar. El encuentro con el campo psi, puede habilitar o enquistar pero abrir la puerta para ir a jugar, retoma la condición de niño más allá de la organicidad. El cuerpo se constituye en el jugar mismo: en ese poder hacer con lo que se tiene, algo.

Para terminar quiero compartir con ustedes una frase de Agamben que dice: “la historia de los hombres no es quizá otra cosa que el incesante cuerpo a cuerpo con los dispositivos que ellos mismos han producido: antes que ninguno, el lenguaje (…) así la subjetividad se muestra y resiste con más fuerza en el punto en que los dispositivos la capturan y la ponen en juego. Una subjetividad se produce donde el viviente, encontrando el lenguaje y poniéndose en juego en él sin reservas, exhibe en un gesto su irreductibilidad a él. Todo el resto es psicología, y en ninguna parte en la psicología encontramos algo así como un sujeto ético, una forma de vida”.

Notas

1)  Freud, S: Prólogo y notas de la traducción de J. M. Charcot. p 171-172

2)  Freud, S: Más allá del principio del placer. p 32

3)  Freud, S. De la historia de una neurosis infantil (el “Hombre de los lobos”) p 36-42

4)  Freud, S: ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? p 202

5)  Freud, S: Moisés y la religión monoteísta. p 72

6)  Freud, S.: Esquema del psicoanálisis. p 185

Bibliografía

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Freud, S. (1990) Más allá del principio del placer. Tomo18. OC. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1990) De la historia de una neurosis infantil (el “Hombre de los lobos”) Tomo17. OC. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1990) ¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis? Tomo 20. OC. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Freud, S. (1990) Moisés y la religión monoteísta. Tomo 23. OC. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

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Lacan, J. El Seminario 27. Inédito.

(*) Psicoanalista. Lic. en Psicología (UBA) Magister en Psicoanálisis (UBA) Profesora Universitaria y de enseñanza media (UBA). Docente regular de la Cátedra I de Clínica de Adultos y de la Cátedra: Práctica Profesional: Un acercamiento a la experiencia (UBA). Profesora Adjunta de Psicopatología (UCES). Docente de la Carrera de Especialización en Psicología Clínica. (UBA). Investigadora UBACyT. Autora del libro: “Detrás del espejo. Perturbaciones y usos del cuerpo en el autismo infantil”. Letra Viva ( 2011); Co- autora de Posiciones perversas en la infancia”, Letra Viva (2012) y de múltiples publicaciones científicas y capítulos de libros. Directora del proyecto “Tipos clínicos de la homosexualidad femenina: histeria, perversión y femineidad” (UCES) Supervisora Clínica. Doctorando en Psicología (UBA) Especialista en Psicología clínica (Programa de residencias del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Bs. As.) Ex Jefe de residentes psicólogos del Hospital Álvarez. Ex terapeuta de hacer Lugar. Miembro de Enlace Clínico.

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