“Lo imposible y sus posibilidades”

Por Esteban Espejo (*)

Estoy postergando mi silencio. ¿Toda la vida postergué el silencio? Pero ahora, por desprecio a la palabra, tal vez finalmente pueda comenzar a hablar.

Clarice Lispector, La pasión según G.H.

A partir de un paciente con el que trabajé durante un año en el Centro 1, me interesa plantear la relación entre el trauma propiamente dicho y sus posibilidades e imposibilidades de elaboración.

La tyché según G

  1. llega a la consulta porque le dicen que le hará bien contarle a un psicólogo lo que le pasó. En las primeras sesiones hace referencia a la situación familiar con sus dos hijos y con su ex mujer. Ésta lo denunció por maltrato –a través de la sugerencia del abogado– y está en posesión de la propiedad donde está la casa que era de ambos y el local comercial donde los dos trabajaban. Refiere que ellos se separaron hace 4 años y que él empezó una relación amorosa con la prima de su ex mujer. Además, sitúa que está en una grave situación económica y que vive en lo de la hermana o en lo de sus padres, siendo empleado de otro familiar, ya que fue despojado de su fuente de trabajo.

En la tercera sesión me anticipa que va a hablar del accidente que tuvo con la prima de su ex mujer y refiere el hecho traumático: un año y medio antes de las entrevistas él había salido de vacaciones con la prima de su ex mujer, los dos hijos de él y la hija de ella, los tres preadolescentes. Ya era de noche cuando estaban en la ruta; para ir a la ciudad destino tenían dos posibilidades: seguir por dónde iban o volver unos pocos kilómetros y retomar otra ruta. Como ya era la hora de la cena dudan sobre qué hacer y aunque G. prefería continuar por esa ruta consulta la decisión a los chicos; finalmente, por “decisión de los chicos”, terminan retomando: salen a la banquina y cuando están doblando se traba la rueda del auto y, de repente, otro vehículo sin luces que iba a 180 km/h los impacta. La pareja de él termina muriendo en sus manos; él sufre diversas fracturas y debe pasar meses en rehabilitación, mientras que los menores sufren lesiones leves.

Según G., el otro conductor estaba alcoholizado, testigos lo vieron sin luces a 180 km/h y, como tenía contactos con la policía, fue trasladado en helicóptero y la policía borró gran parte de las pruebas. G. pasa meses en una clínica de rehabilitación para volver a caminar (al parecer, muchos médicos dudaban que pudiese lograrlo). En ese momento la ex mujer lo denuncia por “malos tratos” y termina por una medida preventiva de la justicia con medidas de restricción para que no se acerque a los hijos y que no pueda ir a la propiedad donde estaba la casa y el local comercial.

La pasión según G.: ¿qué hacer con lo imposible?

“Fue la pasión de mi vida, nunca había sentido algo así”, decía G. cuando se refería a su amante. La pasión por todas partes, como un afecto tierno y sexual que desborda a un sujeto y lo choca con un imposible. Eso junto a la otra cara de la pasión: la pasividad del sujeto frente a esos afectos; los diques de lo posible desbordados por lo imposible.

En un año de tratamiento se refirió al accidente en 2 o 3 oportunidades. Se angustiaba, lloraba y aludía a un dolor terrible, indecible. Durante el análisis se acompañó este trabajo de duelo que el paciente ya venía haciendo desde el silencio, como si hubiera una complicidad entre paciente y analista de que sobre eso se puede hablar, pero siempre de costado. Lo que para Samuel Beckett era el arte, muy bien podría ser para G. el accidente: “La expresión de que no hay nada que expresar, nada con que expresarlo, nada desde lo que expresarlo, no poder expresarlo, no querer expresarlo, junto con la obligación de expresarlo”.[1] Sin embargo, pese a ese dolor imposible que le quedaba a G. cuando recordaba a su amada, él mismo decía que ya no se angustiaba como antes y que podía recordarla con mucho cariño y que su imagen le daba fuerzas para seguir peleando por reestablecer su situación laboral y el vínculo con las hijas.

La prima de la ex mujer trabajaba en el mismo local comercial que ellos y G. refiere que ya tenían muy buena relación mientras él convivía con su ex mujer; también relata que había estado conviviendo demasiado tiempo con la madre de sus hijos sin sentir amor ni deseo por ella y que no se separaba por “el bien de la familia y de mis hijos”, es decir, por la utilidad social y sus posibilidades. G. refiere que al poco tiempo de separarse se volvieron amantes con la prima de su ex mujer y que nunca había sentido tanto deseo y amor como con ella. Sobre esto, G. asocia que tal vez tenga que ver con que era una mujer prohibida, pero no parecen importarle demasiado los motivos por los que se enamora de ella –como si indagar las causas del amor fuera sólo la ideología o la teoría del analista que a G. no le conciernen: se enamora porque sí; ello nunca necesita razones. G. cuenta que fueron amantes por dos años y que todos los días mantenían relaciones sexuales; tenían proyectado vivir juntos cuando ella deje al marido y esas vacaciones era la primera vez que estarían juntos por varios días.

Era extraño en su relato la ambigüedad constante donde él afirmaba que nadie sabía de su relación y, por otra parte, había un sinfín de situaciones donde parecía evidente que la familia (ex mujer, hermanos, padres, amigos) sabían de esto. Según G., a nadie parecía llamarle la atención que se fuera de vacaciones con la prima de su ex mujer; además, G. no hablaba con nadie sobre esta relación pero en una sesión confirma que sus familiares directos parecían sobreentenderlo. Por otra parte, él también era amigo del marido de su amante y éste a su vez era amigo de sus hermanos; de hecho, G. sigue manteniendo una relación de amistad con el ex marido de quien era su amante y, por momentos, un vínculo paternal con la hija de estos. Había una situación confusa que fue remarcada desde un primer momento y que le permitió a G. orientarse sobre quiénes eran sus hijas y en qué actos residía su posición paterna. Habría un modo de funcionamiento familiar en que todas las relaciones sociales podían darse dentro de la familia y no aparecía una salida exogámica, desde el trabajo, la amistad hasta las relaciones sexuales. De hecho, su hermano se había casado con un familiar y a nadie le resultaba extraño. Su madre toleraba las infidelidades del padre desde que G. era pequeño sin que ninguno de los dos se molestara en poner velos a esa situación. En una sesión, G. llega a decir: “En mi familia estaba todo permitido”.

En la mayoría de las entrevistas estaba presente la situación judicial que impactaba en su situación laboral y familiar y que a G. lo preocupaba mucho. Por otra parte, se empezó a abrir una vía de trabajo interrogando su posición en todo lo que le fue pasando, desde la relación con la prima de la mujer hasta su posición de padre y de hijo. Además de las estrategias en concreto que podía hacer para restablecer el vínculo con sus hijas, G. pudo rodear la pregunta por su paternidad que implicaba la posición masculina como portador del falo. Luego de meses de tratamiento, G. pudo ubicar dónde estaba su síntoma en relación a sus hijas y familiares: siempre acató obedientemente el lugar que el Otro le ofrece, manteniendo una posición pasiva con mucha actividad (siempre hacía numerosos trabajos en casas ajenas, trámites, traslados, favores, etc.). Se trabajó en las sesiones cómo él se hacía demandar para tapar las faltas del Otro sin preguntarse sobre su deseo. G. respondía a la demanda del Otro, es más, se ofrecía cuando nadie se lo pedía a ayudar en diversas cosas, aunque no le trajera placer alguno. Esta disposición de él a ayudar a los demás, le retornó del peor modo cuando quedó sin casa ni trabajo y G. refiere que muy pocos lo ayudaron. G. cuenta que muchos años atrás él mismo prefirió que la propiedad de la casa y el local comercial quedase a título de su ex mujer –cuando había sido él quien más dinero había invertido. Luego ésta no sólo lo privó mediante instancias legales de hacer usufructo de su casa y local sino que lo denunció por no aportar viáticos a sus hijas.

Uno de los temas que desplegó contantemente fue la asunción de su paternidad en este contexto –no sólo el jurídico–, cómo ocupar la referencia paterna con sus hijos, qué estrategias tomar frente al notorio resentimiento de su ex mujer y cómo salir de ese lugar que le traía tanto malestar, quedándose donde lo pone el otro pero sin saber qué hacer cuando debe tomar la iniciativa y ejercer de algún modo sus títulos filiales.

La culpa según G.

Las leyes colectivas o la justicia pueden favorecer o truncar aún más las posibilidades de elaboración. Es decir, no todo puede simbolizarse, pero el contexto puede provocar nuevos agujeros en esa ya de por sí fallida simbolización. El que provocó el accidente no fue juzgado penalmente, sólo pagó una parte del tratamiento de G. La falta de responsabilidad del conductor que iba a 180 km/h, alcoholizado y sin luces produce que G. vuelva a ser devorado por la historia familiar, donde la excepción parece la única ley. Para la familia de su ex mujer él fue culpable del accidente. Por la ausencia de la intervención estatal un sujeto, como en este caso, puede quedar librado a su superyó y a las dimensiones imaginarias y narcisistas de su contexto. Hay una relación estructural fallida entre palabra, ley, justicia y trauma, pero de acuerdo a cómo operan en la contingencia estos elementos pueden ubicar al sujeto en un lugar o en otro.

En el relato sobre el accidente queda claro que eso fue traumático, pero ¿qué es eso? Podríamos ubicar que el choque fue un encuentro con lo real, pero también lo fue el hecho que la amada se muera en sus brazos. La culpa sobrevolaba en las sesiones y G. no terminaba de ubicarla, como si mencionar culpa también fuera traumático. ¿Acaso la culpa no tiene también una dimensión real por el goce que produce y, en G., por haber provocado la muerte de su amada? G. nunca se victimizó, como si arrastrara una culpa más allá de la palabra. Tampoco se escucha en sus dichos odio hacia el que ocasionó el accidente. G. ubicó vagamente su culpa en distintas vías:

– “No pudo salvarla” (imposible estructural, nadie puede contra la muerte);

– “Hice una mala maniobra con el auto”;

– G. dejó que las niñas decidieran (él hubiese preferido seguir la ruta que venían haciendo);

– ¿Será el precio de acceder al deseo prohibido (amar a la prima de su mujer)?

En el Seminario 11 Lacan habla de “la insistencia del trauma en no dejarse olvidar por nosotros” (p. 44). Por un lado, la frase es llamativa porque el trauma aparece ajeno al “nosotros”, como si el trauma estuviera en una costa y nosotros en otra, viendo cómo eso tan extraño a la subjetividad constituye nuestra singularidad. Por otra parte, el trauma insiste a través de los medios del “nosotros”, es decir, se sirve de las formas de los signos para repetirse, aunque lo que se repita esté más allá del significante. Didácticamente podemos decir que la tyché es la repetición y el encuentro con lo real mientras que el automaton es el retorno de los signos en el registro simbólico e imaginario; sin embargo, la tyché se sirve de los signos: si pensamos en las neurosis de guerra, la repetición del trauma necesita de la formación inconsciente del sueño para manifestarse.

Pensar lo traumático y sus elaboraciones nos exige plantear que no todo puede ser elaborado y que hay algo del trauma inasimilable por la palabra. El trauma podría ser el paradigma de lo real por encarnar aquello que no cesa de no inscribirse y, sin embargo, por eso es traumático, porque no deja de intentarlo. ¿Qué es lo traumático para G.? ¿El choque, la muerte?, o ¿la posición de él, su propia culpa y su error de la maniobra que lo toca en su errar en la demanda del Otro? Aún no sabemos qué fue arrasado de G. en el accidente, qué era el sujeto como objeto causa de deseo para esa amada que muere.

El trauma está en relación con lo familiar, pero ¿de qué manera? Posible hipótesis del analista (no del paciente): si él hubiera sostenido la decisión de continuar por la que ruta en que iban, no habría hecho una mala maniobra y no hubieran chocado; de hecho, hay una regla cultural que quien decide es quien maneja. En cambio, él deja que los otros decidan, ése es su fantasma: no confrontar, satisfacer al otro. Y la primera vez en su vida que sigue su deseo –G. le insistía a la amante que dejara al marido y se juntaran–, se choca con la muerte de su amada, con la muerte de su deseo.

Podrían establecerse una relación de conjunción y disyunción entre lo imposible de ligar del accidente y las posibilidades de elaboración que más o menos fracasan y más o menos aciertan. El paciente soñó durante varios meses con el accidente y con su amante; cada fin de semana va al cementerio a dejarle flores; habla de ella con amor, con pasión. ¿Puede devolverla a la vida? No. ¿Puede terminar de elaborar su muerte? No. Y sin embargo, ese real que chocó por todas partes contra su historia ya no lo aterroriza tanto. G. no termina de saber qué hacer con ese agujero que dejó la muerte de su amada, lo único que tiene claro es que nunca más volverá a ser el mismo.

[1] Beckett, S.: “Entrevista”, por Georges Duthui; 1949.

(*) Psicoanalista. Coordinador del Espacio de investigación en psicoanálisis. Centro de salud mental Nº1. CABA / estebanespejo@hotmail.com

 

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